13.1.07

Templos y naranjas

Cerca del puente Horwah hay una zona donde las calles se estrechan, convirtiéndose en callejuelas, que se retuercen, haciéndote perder la orientación. Parece el casco antiguo de Kolkata, esta mañana he pasado un buen rato perdido por estas calles intrincadas. La especialidad de esta zona son los puestos de dulces. Normalmente los comercios se agrupan por gremios y cuando te encuentras una tienda de dulces, aparecen veinte o teinta más, una detrás de otra, repletas de ordenadas pilas de cosas apetitosas, muchas de las cuales no tengo la menor idea de lo que podrán ser. Finalmente compro una bolsa de tortitas formadas por un conglomerado de cacahuetes y algo que recuerda a la miel. Mordisqueándolas sigo caminando y cuando quiero darme cuenta estoy pisando paja seca y blandita. El camino se ensancha y da paso a una amplia zona despejada donde confluyen varias calles y donde varios camiones han fomado un círculo dando macha atrás, abiendo sus compuertas posteriores, cual enormes bocas, desparramando kilos y kilos de fruta sobre esterillas que se combierten en puestos, con sus dueños sentados, contando mandarinas, las piernas cruzadas sobre un mar anaranjado. Los camiones repletos hasta los topes, mezclan el género con paja seca para amortiguar los posibles daños del viaje, parece que han extendido toda esta paja por la zona cubriendo de un mullido manto el asfalto y las aceras.

En uno de los puestos me piden que le haga una foto a un hombre con una gorra roja nueva, cuando luego se la muestro en la pantalla digital todos se acercan entre risas y empujones para verla, terminan arrebatándomela, amablemente, para hacela llegar al jefe y a otros trabajadores naranjas adentro. Continúan los comentarios jocosos y divertidos y se acercan los vecinos de los puestos contiguos. Veo alejarse la cámara de mano en mano con algo de inquietud, pero al poco está de vuelta junto con una naranja y gestos de agradecimiento.

Hoy es sábado y si ya es complicado entrar cualquier día en el Templo de Kali, hoy se hace casi imposible. Largas colas de hombres y mujeres se apretujan y avanzan lentamente. Hay niños y ancianos, mujeres pobres con saris raidos y apagados y mujeres más acomodadas con saris deslumbrantes, perfectamente maquilladas; los hombres llevan doti o pantalones grises, muchos con barba o bigote, con gorros blancos, turbantes de colores o la cabeza rapada. En algunos tramos la fila es tan apretada que los dedos descalzos de los pies tocan los talones del siguiente en la cola, y así sucesivamente. Ocasionalmente se inician algunas discursiones, pero en general el ambiente es de paciente y resignada espera. No parece ser lo mismo en la puerta trasera, donde la entrada se estrecha todo lo que permiten las verjas y donde confluye la cola "oficial" y un nudo de personas que intentan entrar por colas alternativas o de cualquier manera. Aquí las voces suben y bajan de tono como la marea, en algunos momentos hay pequeños conatos de tumulto, los brazos se alzan protestando, la gente apiñada se balancea a un lado y a otro, dentro, un hombre hace sonar un tambor furiosamente, la multitud, en el patio interior, levanta las ofrendas de flores y comida sobre sus cabezas para que no resulten aplastadas. Veo en la cola a una hermosa joven de piel suave y larga trenza apretada y negra como la noche, con su sari granate inmaculado y unas flores en la mano logra mantener una mínima y decorosa distancia con el hombre que le precede. Qué hace en la cola? es una princesa hindú que debería llegar en una carroza o a lomos de un elefante engalanado. En cambio espera pacientemente como una más para poder ver a Kali. Más atrás hay un hombre alto con un pañuelo naranja en la cabeza, ladeado y abultando como un nido de serpiente, debe contener sus rastas, enrolladas y arropadas. Un joven pasa de largo por delante de la fila, lleva de una cuerda un par de cabritas negras, mucho me temo que estas no verán un nuevo amanecer.