14.1.07

New Market

New Market, en el centro de Kolkata, es muy conocido por sus tiendas de ropa, telas o comida. Un lugar donde un extranjero no puede dar dos pasos sin que surja algún caza-turistas dispuesto a perseguirlo hasta el último rincón para llevarlo a sus puestos. Un verdadero fastidio, vamos.

Pero el mercado es realmente grande y se divide en naves independientes separadas por estrechos pasillos que también están a rebosar de puestecitos, con lo que a veces no te das ni cuenta de haber pasado de una a otra nave. Ahora bien, cuando entras en el mercado de carne o en el de pescado te das cuenta inmediatamente. No se que es lo primero que te asalta, si el intenso olor, que inevitablemente te acompañará todo el día, o la visión apocalíptica de un escenario próximo al fin del mundo.

A mi me encanta ir a comprar al Mercado Central de Valencia, muchas veces entro por la puerta de la pescadería, me resulta cómodo por donde vivo y me gusta ver los puestos, con el pescado fresco, las luces de neón, los mármoles blancos y el hielo derritiéndose. Pues bien, crucemos medio mundo para encontrarnos con una estampa bien distinta... pero fascinante, sin lugar a dudas...

Al acercarme a una de las naves, me encuentro con un carrito de madera lleno hasta arriba de enormes peces, no me preguntéis cuales porque no tengo la menor idea del tema. Un hombre los va sacando y dejando caer tres escalones más arriba, en la entrada del mercado, en el suelo más negro que he visto en mi vida. Otros los van recogiendo y distribuyendo por los pasillos. Intentando no pisar ninguno, entro saltando de baldosa en baldosa como Indiana Jones en el Templo Maldito. Dentro hay un frenesí importante, son las siete y media de la mañana y estamos en plena efervescencia. Se corta, se pesa, se trocea, se raspa, tanto las mesas como el suelo son idóneos para trabajar, los pescados se alinean por tipos, los pescaderos levantan sus cuchillos, las mujeres se sientan en círculos y pasan las horas pelando gambas, montañas de pieles y escamas se acumulan bajo las mesas. Al fondo de la nave parece que ha caido un obús, en una pared semiderruida que no llega al techo, un hombre echa una meadita mientras otro, a un par de metros y con una cuchilla entre las piernas, descabeza pescado tras pescado. El suelo es negro, las pareces son negras, el techo, altísimo, es negro, los delantales son negros, pero los peces brillan en las tinieblas relucientes con sus trajes de escamas.

Ni siquiera esto te prepara para la visión del mercado de la carne, a pocos metros de allí. Al entrar me encuentro con un grupo de cabras a la espera del sacrificio, mientras diez o doce cuerpos permanecen en el suelo, sin cabeza ni patas, esperando para ser despellejadas. Las que aún estan vivas se apretujan algo ausentes a lo que se les viene encima, una de ellas mordisquea las tripas de una de sus compañeras que sobresale de un cubo. Este mercado aún parece más grande, alto y negro que el anterior, los cuervos campan a sus anchas y los ves volando o posados en las balanzas, aguardando su turno. Grupos de gallinas con las patas atadas agitan sus alas inútilmente, les cortan el cuello y antes de que paren sus últimos estertores ya están desplumándolas. La sangre corre por doquier, en forma de densos chorretones en mesas y pasillos o diluida con otros líquidos, deslizándose por unos canalilllos que drenan el matadero.

En unas mesas se pesa, en otras se trocea, se deshuesa o despelleja y todo está cubiero de vísceras, tripas, sangre y plumas, mientras yo me esfuerzo por mantener el equilibrio y no pisar nada que no deba. Un par de veces estoy a punto de irme al suelo, esto parece una pista de patinaje. Al final salgo de allí con la nariz embotada por el penetrante olor y ligeramente mareado. La siguiente nave alberga el mercado de verduras y hortalizas. Las patatas, perfectamente ordenadas y limpitas, me miran sonrientes, las frescas y verdes lechugas están apiladas hasta alturas de malabarista, las zanahorias sonrosadas se agrupan fomando una rueda, con las hojas hacia afuera. Huele a tierra y a campo y se me antoja entrar en un mundo de paz y sosiego.