12.1.07

Kolkata al amanecer

Mi cuarto día en Kolkata y voy adoptando algunas rutinas, entre ellas, levantarme trempranito para aprovechar las primeras horas del día, el mejor momento para mis fotos. A las cinco y media me levanto y preparo el equipo, sobre las seis salgo al encuentro de un ciudad sumergida en la niebla que empieza lentamente a despertar. Las calles, normalmente abarrotadas, aparecen semidesiertas, cubiertas intermitentemente de cuerpos tendidos y envueltos en mantas o sacos de los pies a la cabeza, como viejas momias egipcias.

Algunos ya se han levantado y encienden los hornillos de los puestos de comida callejeros para preparar los primeros desayunos, otros intentan ahuyentar el frío de la noche alrededor de pequeñas hogeras en las aceras. Las columnas de humo se mezclan con la bruma matinal empañandolo todo de blanco, suavizando así un tanto los duros perfiles de una ciudad que se prepara para un nuevo y furioso día.

En los Ghats, bajo el puente Howrah algunos indús se sumergen en el río sagrado, toman un baño o rezan siguiendo el ritual, se lavan los dientes con la vista perdida en el río... o lavan la ropa o recogen agua o sumergen enormes fardos de hojas verdes que llevan chorreando al cercano Mercado de las Flores. La orilla opuesta apenas se vislumbra y el gigante puente de hierro surge de la niebla para alcanzar la orilla, suspendido mágicamente sobre el río, depositando largas hileras de hombres con todo tipo de bultos en sus cabezas.

Justo debajo hay dos túneles, negros como las alas de los cuervos que tanto abundan en esta ciudad, a su derecha decenas de camiones descargan sus mercancías en un ajetreo de gritos de advertencia y hombres con largos garfios de los que se sirven para agarrar los sacos. Un grupo de porteadores emerge de uno de los oscuros tuneles arastrando un carro, todos cubiertos de blanco, como si de una procesion fantasmal se tratase. Los dejo atras, vociferando y gruñendo, y atravieso el tunel. Al otro lado tiene lugar el Mercado de las Flores y a la ciudad no le queda mas remedio que rendirse por un momento y su costra gris retrocede ante miles de flores de colores imposibles, limpias y billantes, frescas y fragantes, engarzadas en largas cadenas y collares, enroscadas en montañas rojas, amarillas, naranjas o blancas. La fina capa de polvo y polución que cae sobre Kolkata, depositandose en todos los resquicios, no llega a este lugar.