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25.9.14

Bajo el mar



Mallorca! un paraíso mediterráneo al que llevaba tiempo queriendo volver. Este verano se me antojó el momento perfecto para disfrutar de la isla tranquilamente, así que alquilé una pequeña casita en Port de Canonges, un lugar suspendido entre la Sierra de la Tramuntana y el mar... más o menos como se sentía mi espíritu, feliz bajo el mar y deseoso de montaña en los momentos que me saturaba de la sal del mediterráneo. 

Recorrí la costa noroeste de la isla, metiéndome entre las rocas caídas al mar desde riscos inmemoriales, flotando ingrávido en las aguas templadas y rabiosamente azules, sorteando medusas y dejándome arrastrar por las olas. La felicidad de sumergirse en el mar es inconmensurable. Salía del agua y caminaba bajo los pinos hasta encontrar otro acceso entre los pedruscos, volvía a entrar al mar y me lavaba el sudor, el sol, el cansancio... salía de nuevo y la costra de sal crecía sobre mi piel. Un día subí al Puig Tomir, a ver la isla desde lo alto. Las rocas de la cima, las nubes, el bosque y el mar... por ese orden, y encima de todo eso estaba yo, sumido en éxtasis, levitando sobre una isla de ensueño.







2.6.14

21 días entre volcanes


21 días entre volcanes, rodeado de mar, inundado de sol, ojos saturados del azul del océano, del negro de una tierra de fuego. Hace poco esto era un cataclismo volcánico con decenas de bocas escupiendo lava, fuego y un sinfín de maldiciones, luego todo se detuvo y la roca líquida se congeló y ahora podemos caminar sobre los restos crujientes del desastre. Parece que sucedió ayer, hay zonas donde nada se ha tocado y la tierra está rota, resquebrajada con cicatrices oscuras, cubierta de enormes rocas que parecen los restos de un helado en verano. He conocido todos los tonos de negro posibles, oscuros, brillantes, apagados… suelo negro, arena negra, montañas negras, rocas negras. Campos de magma negro salpicados de extraños líquenes verdes o blancuzcos que cubren miméticamente un imposible paisaje extraterrestre.

Cuando das la espalda al caos volcánico te encuentras mirando un azul que hiere, un mar infinito hirviente de espumas. El sonido del mar no tiene fin, por la noche, cuando no lo ves, lo sigues oyendo. El olor me satura, la sal blanquea mi piel y me enrojece los ojos, las casas en primera línea de playa se desmoronan carcomidas por el viento y el salitre. En la orilla, las gaviotas chillan peleando por restos de comida mientras, más adentro, mecidos por las olas, meditan los surfistas como pequeños budas acuáticos sobre sus tablas, observando atentamente la respiración del mar.


14.1.14

A volcano in the sea

'7 Stories' es el proyecto de Turismo de Canarias para redescubrir el paisaje y las gentes de las Islas Canarias a través de los ojos de 7 filmmakers internacionales. Yo fui invitado a retratar La Gomera. Esta es mi visión de la isla tras una semana recorriéndola.

7stories is a project from Turismo de Canarias to rediscover the landscape and people of the 7 Canary Islands through the eyes of 7 international filmmakers. I've been invited to La Gomera. This is my vision after a week travelling around the island.





8.12.13

En La Gomera

Hace poco estuve de viaje en las Canarias, varios realizadores habíamos sido invitados a un proyecto en el cual cada uno realizaría un vídeo en una de las islas. A mi me tocó La Gomera. Antiguo volcán que alberga en su interior el milenario Parque Nacional de Garajonay.

Cuando te internas en el bosque de Garajonay tienes la sensación de cruzar un túnel del tiempo, retrocediendo a épocas prehistóricas, esperando que surja alguna fabulosa criatura del pleistoceno por entre los árboles… pero nada ocurre, el silencio es abrumador, casi no hay animales, se trata más bien un complejo reino vegetal, cubierto de miles de líquenes y musgos, donde los pocos sonidos que se escuchan son las gotas de agua, el viento y el ocasional aleteo y pío de las palomas. Las hojas muertas cubren el suelo completamente, las copas de los árboles forman un techo abovedado, los musgos se extienden por los troncos, ramas, rocas… todo es suave y mullido. Y cuando desciende la niebla, el bosque se vuelve blanco y fantasmagórico, tus pisadas y tu respiración parecen resonar como en una catedral abandonada.


Una vez fuera del bosque, recorres una isla volcánica terriblemente accidentada, saltado de valle en valle por el tedioso sistema de subir al antiguo cráter, circunvalarlo unos kilómetros y volver a bajar al siguiente valle. Valles abruptos, profundas cicatrices de verticales laderas quebradas por las erupciones, erosionadas por el agua y talladas por el hombre un precario intento de cultivo en terrazas, que se extienden como interminables escaleras hasta donde abarca la mirada.


La morfología volcánica marca especialmente una accidentada costa. Paredes surcadas por marcados estratos que, en ocasiones, se levantan como auténticos muros imposibles, cruzando en línea recta las montañas hacia ninguna parte. Acantilados de basalto cristalizado tras la erupción, enormes rocas incrustadas, resquebrajadas, amontonadas más abajo tras algún desprendimiento… La isla entera parece por momentos estar desmoronándose sobre si misma a cámara lenta.

Sí, la isla me ha impresionado por su belleza natural y por la historia milenaria que la impregna, pero aún impresiona más imaginar la dureza que debió suponer para los gomeros subsistir en ella. Cultivarla para obtener alimento, recorrerla para comerciar… no solo estaban aislados por su condición de isla, si no que incluso en la propia isla sufrían un fuerte aislamiento entre las distintas zonas, provocado por la abrupta orografía. Sus montañas están surcadas una intrincada red de senderos, por los que caminaban durante horas llevando a cuestas, tal vez pescado o vasijas, para intercambiarlo por fruta o verdura en otro extremo de la isla.

La isla es dura y la emigración ha sido enorme, se marchaban a trabajar a Venezuela, a Cuba, a Uruguay… y tardaban años en regresar, o nunca lo hacían, dejando muchas veces familias atrás. Y los que se quedaban no lo tenían fácil tampoco, muchos trabajaban en régimen de semiesclavitud para grandes caciques. Vidas muy humildes trabajando de sol a sol por casi nada.

Mientras grababa conocí a algunas personas que nos contaban historias. Como A.J. “duro como una piedra” según sus propias palabras, “yo también soy un extravagante –decía- he bebido toda la vida como un cosaco”. Pero se emocionaba con el recuerdo de los nombres que le mencionaba nuestro guía local, conocidos comunes que hacían aflorar viejos recuerdos. Muchos de ellos seguramente tristes, en un momento dado nos dijo, refiriéndose a la dureza de su vida: “ay! mi hermano y yo… nunca deberíamos haber nacido!”