28.5.08

Crónicas Habananeras II

(12 de Marzo del 2002)

Ya llevo unos cuantos días en La Habana y las cosas empiezan a ser algo más cotidianas, pero en ocasiones me detengo y me sorprendo como la primera vez ante esta ciudad imposible sostenida por viejas columnas desconchadas y enormes estructuras de madera que apuntalan las fachadas que ya no se mantienen por si solas. K me cuenta que, tras unos días de lluvias y tormentas, es el mejor momento para ir a buscar algún chollo por la ciudad. Es probable que alguna casa se haya desmoronado y tal vez se pueda conseguir una antigua escalera de caracol de madera a precio de saldo, tal y como le sucedió la última vez. K es mi “casero”, gran amigo de L, mi cicerone en la isla, gracias a ellos puedo introducirme en la ciudad de una manera un poco más natural que siendo un turista, alojado en un hotel, perseguido y señalado como tal nada más salir por la puerta. Los turistas y los cubanos viven en dos mundos distintos, a unos no se les permite usar pesos cubanos, alojarse en casas cubanas y deben hacer colas especiales para turistas a la hora de comprar un helado o sacar un billete… La lista de lo que no se les permite a los otros resultaría interminable.

A primeras horas de la tarde la luz en La Habana tiene algo muy especial, son las tres o las cuatro y a la luz aún le falta mucho para amarillear, es más bien “intensamente blanca” y, a pesar de estar el sol muy alto todavía, los rayos de luz caen con una angulación extraña… es difícil de explicar… se nota especialmente a contraluz, las cosas parecen relucir con un brillo metálico. Y esto alcanza su máxima expresión en el mar, parece un espejo, esmerilado por miles de montañitas de plata.

Casi todos los días termino yendo a parar al Malecón, es un lugar de una energía casi mágica… Las rocas sumergiéndose en el mar, jóvenes bañistas arrojándose desde ellas, compitiendo y retándose entre si, pescadores tomando el sol con sus cañas en tensa espera, jineteras arriba y abajo, esperando también a sus presas… y los músicos, los borrachos, los perdidos y los desocupados… y la ciudad al fondo, arrasada por la sal, arqueándose como abrazando el océano.

Algunas olas alcanzan con fuerza el Malecón los días de viento y hacen saltar la espuma, bufando, varios metros por encima de los transeúntes que corren para evitar el remojón. El otro día, paseando algo despistado, me alcanzó una ola furiosa que me cayó encima como un cubo lleno hasta el borde, pero por allí continuaba yo, caminando junto a mi bici, disimulando, como si no lo hubiera notado.