16.10.07

Mis milagros

El título del post es bastante... ambiguo y tal un poco... exagerado, pero tiene fuerza, tiene... "gancho". Aclarar que con "mis" milagros, no me refiero a milagros hechos por mi, si no milagros que me suceden a mi. Y aclarar que "milagros" es una palabra que se queda grande para la mayoría de los pequeños relatos y sucesos que iré contando, más bien la cosa se podría clasificar como de "tremenda suerte" o "increíble cadena de fortunas varias", pero por lo menos en uno de los casos se roza sin lugar a dudas la categoría de "milagro" (lo dejo para el último post), y ello es suficiente para lanzarme a darle este nombre a la serie de historias que iré recordando en distintos posts los próximos días.

Muchos de vosotros ya conocéis a algunas de estas historias, los más cercanos incluso todas, algunas contadas en más de una ocasión, pero creo que puede ser divertido rememorarlas de nuevo y ponerlas todas juntas. Me saltaré algunas de las más insignificantes, como la cartera que me dejé encima de un teléfono público y que continuaba allí cuando corrí de vuelta al echarla en falta, o aquello que ya os conté de conseguir un dni y un pasaporte nuevos estando en Barajas con mi dni caducado y a una hora y pico de que saliese el vuelo para Polonia, o como recuperé la bicicleta cuando perseguía al ladrón que iba montado sobre ella y este se cayó aparatosamente, escapando a todo correr y dejando la bici de nuevo en mis manos.

Lo cierto es que muchas de estas cosas que me han pasado han sido causadas por mi increíble despiste, por el tremendo desastre que estoy hecho. Quizás lo milagroso sea más bien el reunir tal cantidad de situaciones rocambolescas.

Empezaremos por el susto más grande que creo haberme causado a mi mismo nunca. De esto hace ya bastantes años, había reunido algo de dinero y me fuí a Indonesia de viaje, un par de meses en verano. Quería hacer fotos del Hinduísmo balinés, un Hinduismo muy particular, con bastantes diferencias con respecto al Indio, y que solo se practica en la isla de Bali, el resto del archipiélago indonesio es mayoritariamente musulmán. El caso es que ya llevaba un mes por la isla cuando me asomé al borde del cráter del volcán Gunung Batur a unos 1800 metros, una gigantesta caldera dentro de la cual está el cono volcánico del Gunung Batur y el hermoso lago Batur hacia el cual me dirigía. Tenía el estómago lleno de la deliciosa comida que me habían servido en una especie de restaurante (más bien un puesto de comida con algunas mesas y sillas) atestado de lugareños y prácticamente excavado a bocados en la roca de la montaña y contemplaba maravillado el paisaje, montado en la bicicleta que había comprado al comienzo de mi viaje.

La carretera descendía zigzagueando por el borde cráter con una inclinación que ponía los pelos de punta, iba con los frenos apretados al máximo y la bicicleta continuaba descendiendo como si tal cosa. No quería ni pensar en el retorno, por ese mismo camino, pero cuesta arriba, pero bueno... no había ninguna prisa, me lo tomaría con calma, además, tampoco llevaba mucho peso... ¡¡¡ALTO!!!! ¿cómo que no llevaba mucho peso? ¿y dónde estaba la mochila atiborrada de objetivos, cámara fotográfica y carretes de la que no me separaba ni cuando iba al baño? El equipaje lo había dejado en el Losmen (la casa de huéspedes), pero la mochila con el equipo y las cosas imprescindibles la llevaba siempre conmigo. Pero en ese momento giraba mi cabeza y no llevaba absolutamente nada a mi espalda... ¡me la había dejado olvidada arriba! ¿cómo era posible?

Creo que batí todos los récords de ascensión del cráter, el corazón me salía por la boca, ¡aquello no podía estar pasando! Por fin conseguí llegar arriba y pedaleé como un loco hacia donde había comido. Al entrar, desencajado, rojo y sudoroso, supongo que atraje bastante la atención, seguramente ya la habría atraído antes, como siempre que aparecía un extranjero por un lugar que no era estrictamente turístico. Busqué desesperado mi mochila, estaba seguro de que ya no estaría allí y no sabía cómo me iba a hacer entender con la gente para preguntarles por ella. Pero me equivocaba, allí estaba aún la mochila, olvidada en un rincón, gorda casi a reventar de carretes. Me abalancé sobre ella y salí de allí rápidamente, sonriendo y gesticulando estúpidamente que aquella era mi mochila y había vuelto por ella.

Tardé un buen rato en regresar al puesto de comida, aún no entiendo cómo es posible que continuase allí intacta. Aquello no era precisamente un local con una puerta, unos camareros y un encargado... Supongo que, tal y como me demostraron a lo largo de todo mi viaje, los balineses son muy buena gente... Eso y un poco de buena suerte...

4 comentarios:

Anónimo dijo...

por fin destapas tus encantos ocultos !!!!!
blanca

Antonio González dijo...

Milagrito de niño Jusús!!!!

juan rafael dijo...

Parece que cada viaje que haces, no bajas del mes de estancia.

nacho+blanca dijo...

fantastico relato, divertidisimo..