Escucha. Es la noche que callejea, es la procesión del viento salino, su música lenta por la calle de la Coronación y el callejón de las Conchas. Es la hierba que crece en la colina de Llareggub, la caída de las estrellas y el rocío, el sueño de los pájaros en el Bosque Lácteo.
Escucha. Es la noche en la gélida capilla ovillada que canta himnos con bonete y lleva broches y muselina negra, pajarita y botas lustradas con lazada, que tose como una cabra al relamer caramelos de menta, cabeceando aleluyas. Noche en la cervecería, callada como en una partida de dominó; noche como una rata enguantada en los desvanes de Ocky el Lechero; noche en la panadería de Dai Panecillos, por donde revolotea cual harina negra. Es la noche en la cuesta del Burro trotando sigilosa con algas en los cascos, correteando por los empedrados de conchas, frente a la cortina que atenúa la maceta del helecho, un libro y chucherías de cristal, armonio, hornacida, acuarelas caseras, perrito de porcelana y cajita rosada de té. Es la noche, como un burrillo, en el cuarto de los niños.
Mira. Es la noche abrazándose mayestática y muda a los cerezos de la calle Coronación, atravesando el cementerio de Bethesda, noche en el viento encogido, con guantes, sacudiéndose el rocío y dando tumbos frente a la taberna Blasón de los marinos.
El tiempo pasa. Escucha. El tiempo pasa.
Dylan Thomas
-Bajo el Bosque Lácteo-